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Tuesday, November 14th, 2017

Botellas, tesoro, vino… Viaje a las bodegas submarinas de España

Cada vez son más las firmas de vino que apuestan por envejecer sus botellas en el lecho marino para potenciar sus características especiales

Cava submarina

Cuenta la leyenda que hay botellas de vino enterradas en el fondo del mar esperando a ser descorchadas tras un largo letargo. Suena a historia de aventuras, pero en realidad es una técnica de envejecimiento de largo recorrido, y cada vez con más adeptos. Los bodegueros que la aplican hablan de unas condiciones lumínicas y térmicas mucho mejores que en la superficie, de modo que se añeja con más facilidad que si estuviera en una cava tradicional. También los hay escépticos, que lo consideran una excentricidad. A la espera de que la ciencia enológica otorgue su veredicto, la proliferación de vinos en lo más profundo de las aguas ha alcanzado España, donde ya contamos con bodegas submarinas.

Es el caso de Vina Maris, en Calpe, considerada la primera cava submarina del Mediterráneo y situada nada menos que a 30 metros de profundidad. Su impulsor es Israel Padrino, instructor de buceo, hasta que decidió maridar su pasión por el mar con su afición al vino. Así fue como, inspirado en las botellas y en las ánforas encontradas en barcos hundidos, decidió hacer una apuesta de riesgo. La empresa alicantina defiende que la presión marina y la ausencia de ruido favorecen la armonía de la bebida, cuyo sabor también se ve enriquecido por la salinidad. Sin embargo, lejos de producir sus propios vinos, sumergen los de las bodegas de Enrique Mendoza, también en la provincia; en concreto, un Monastrell 2008 y un Chardonnay 2012. No fue fácil lograr los permisos para asentarse en el lecho marino, pero ahora Vina Maris también ofrece excursiones de buceo para visitar la cava y rescatar alguna de las botellas hundidas.

Vina Maris

Otra bodega submarina con reconocimiento en España es Crusoe Treasure, emplazada en la bahía de Pletzia (Vizcaya). Todo comenzó como un proyecto biológico en 2008, que incluía el diseño de una bodega acompañada de un ecosistema marino que sirviera como laboratorio de vida. A cargo de la peculiar idea, el empresario Borja Saracho. Y pese a que la marca ha llegado a analizar el comportamiento de hasta 27 vinos distintos, solo cuenta con dos variedades a la venta:  CT Classic, con un año de crianza en roble y otro en jaulas submarinas; y CT Passion, con seis meses en barricas y un año de envejecimiento en el mar. Ambos tienen una coloración azulada característica que delata su origen. La bodega también puede visitarse, lo que permite además contemplar más de un millar especies que conviven en el arrecife artificial para la ocasión.

Crusoe Treasure

Ha habido otros proyectos piloto, pero el furor por los vinos de inmersión no es exclusivamente español, sino que alcanza otros países. En Croacia, la bodega Edivo Vino añeja sus vinos boutique en el fondo del mar, con el romanticismo añadido de que emplea ánforas de arcilla, luego recubiertas de algas y caracolas. Otra que además admite visitas es Viña Casanueva, en Chile, que envejece sus vinos en el Océano Pacífico, pero a veces colabora con la empresa española Terramar para sumergir sus botellas en la cala Llevadó (Girona). La lista es muy amplia, y amenaza con crecer: la completan nombres como Bodega Mira, en el Puerto de Charleston (Carolina del Sur), la italiana Bisson, en Génova; o Chateau Larrivet-Haut-Brion, en Francia.

 

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